Diosas I. Enío y Belona

 Diosas I. Enío y Belona


Cuando escribía las colaboraciones que con mucho respeto y durante varias semanas dedique a algunas filósofas injustamente ignorada, pude comprobar que la mayoría de ellas habían tenido serios problema para romper, o al menos sortear, los roles que durante muchos siglos se han asignados culturalmente a las mujeres. Este verano, mi interés temático se centrará en grandes diosas de distintas mitologías que han sido relegadas al olvido precisamente por lo contrario, es decir, por no estar vinculadas a los tradicionales roles de maternidad, fecundidad, protección del hogar, etc.

La primera de ella forma parte de la mitología griega y responde al nombre de Enío, el horror, la destructora de ciudades, en palabras de Homero. Parece que se trataba de una bella joven de aspecto descuidado ya que lo suyo era el combate y la guerra por lo que siempre iba cubierta de sangre empuñando sus armas. Aparecía en la batalla montada en un carro tirado por dos grandes lobos, cubierta con su casco, empuñando su escudo y su lanza, y ciñendo su espada, siempre en actitud de lucha para, en el fragor de la batalla arrebata la vida a todo aquel que se cruza en su camino.

En muchas ocasiones combatió junto a Fobos (el miedo), Deimos (el dolor y la ira) y el padre de estos dos personajes, Ares, dios de la guerra, del que decían las malas lenguas que Enío era hermana por parte de madre. Y es que, según cuenta Homero, cuando Hera, madre de los dioses, paseaba por el jardín tocó sin querer una flor que la caprichosa Cloris, protectora de los jardines, había hechizado con el don de dar un hijo a la mujer que la rozara, así que a Hera no le quedó otra que cargar con la criatura aunque no le hizo mucha gracia.   

Los 4 pelearon juntos sembrando el terror durante la caída de la ciudad de Troya y fueron inmortalizados en el escudo de Aquiles. Su hijo Enialio era el patrón de los guerreros.

Una de las escasas estatuas dedicadas a la diosa Enío, hecha por los hijos de Praxíteles, el gran escultor griego, se erigía en el templo de Ares en Atenas. En él, se recibía a los embajadores extranjeros y era la residencia de la casta militar de sacerdotes, los únicos autorizados por la Asamblea para declarar las guerras.

Enío, fue adoptada por los romanos bajo el nombre de Belona[1] (o Bellona), aunque también podría tratarse de una diosa del pueblo sabino, ese a cuyas doncellas (las sabinas) raptó Rómulo tras fundar Roma y Rubens inmortalizo[2].

Hija de Júpiter y Juno, era por tanto hermana de Marte, el dios de la guerra. Estaba muy bien dotada para la batalla. Poseía una velocidad increíble, una gran maestría en el manejo de todo tipos de armas, además, de una extremada crueldad y fiereza en el combate cuerpo a cuerpo, lo que junto a su envidiable inteligencia a la hora de preparar estrategias y de engañar a sus enemigos, hacían de ella el ‘arma de guerra’ perfecta. Los muy fans de la diosa le atribuyen poderes de telequinesis. Cuando combatía junto a Marte se les consideraba una pareja letal.

Los cónsules, ofrecía sacrificios en su altar antes de conducir sus legiones al combate para que la diosa les acompañara en la batalla y manejara con dureza su látigo azotando a todo aquel que no peleaban con suficiente valentía mientras le gritaba: El objetivo de las guerras no es morir por tu país, sino que nuestros bastardos enemigos mueran por el suyo[3].

El templo de Belona estaba situado en el Monte Palatino, en el Campo de Marte, y en él se celebraban todas las reuniones del Senado que tuvieran que ver con la guerra. Era una diosa muy querida y venerada por los legionarios. Sus sacerdotes eran conocidos como los belonarios, también como los fanatici (los fanáticos) porque es sus rituales se cortaban en los brazos para que su sangre descendiera hasta sus manos y beberla ganándose así el favor de la diosa, además, Tertuliano cuenta que tenían el don de la profecía.

Olvidada durante siglos, en los últimos años ha vuelto a vida al ser la protagonista de varios videojuegos muy populares. Los mitos nunca mueren del todo, porque como bien afirmaba el antropólogo y filósofo francés Claude Lévi-Strauss: los mitos habitan fuera del tiempo.

 


[1] De su nombre derivan palabras como, bélico, belicoso o beligerante (que está en guerra)



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