La patria en la palabra II

 La patria en la palabra II


Va la segunda parte de mi reivindicación de un nacionalismo abierto e incluyente. Sin fronteras. Me tomo un ratito de descanso; nos leemos en septiembre.

El primer lugar de encuentro fue la Casa de España que, en palabras de Antonio Alatorre, fue “casa de poetas y pintores, de críticos y filólogos, de historiadores y sociólogos. Después cada uno fue cayendo en su propio sitio: cátedra universitaria, gabinete de investigación, círculo literario, casa editorial, redacción de periódico o revista”. Esos lugares fueron, por ejemplo, la UNAM o el Colegio de México, por mencionar solo dos instituciones que no serían las mismas sin la presencia de los refugiados españoles. Qué decir del colegio Madrid, el Luis Vives, o las editoriales Siglo XXI, Joaquín Mortiz o el propio Fondo de Cultura Económica. Todas ellas, y otras muchas dinamizaron la sociedad mexicana, le dieron nuevos bríos a la vida intelectual y cultural. Todas ellas siguen vigentes.

En esas instituciones encontraron refugio grandes nombres, ahí pudieron transmitir, compartir todo lo que sabían. También ahí se formaron nuevos escritores, nuevos intelectuales, en un maravilloso mestizaje cultural.

Esos nombres aparecen en todas las disciplinas artísticas y del pensamiento. En la plástica, encontramos autores de la talla de Remedios Varo o Vicente Rojo. En el pensamiento, figuras como Ramón Xirau, José Gaos, Álvaro de Albornoz o Adolfo Sánchez Vázquez apuntalaron la filosofía, poniéndola a la vanguardia de los países de habla hispana.

Y, por supuesto, la literatura, de creación y ensayística. José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre, Juan José Domenchina, Luis Cernuda, Juan Rejano, Francisco Segovia, Max Aub, Arturo Souto, entre muchos otros, llevaron a cabo gran parte de su creación literaria en México.

Merece mención especial el apellido Díez Canedo, por Enrique, ensayista y crítico, y Joaquín Díez Canedo, fundador de una editorial, Joaquín Mortiz, imprescindible para entender la literatura mexicana del siglo XX.

Y todos ellos, y tantos otros que tuvieron que dejar su tierra, su gente, hicieron suyo México, construyeron de nuevo la vida, como pudieron, haciendo suya la ciudad en la medida de lo posible.

Pero también los bares españoles cobraron una nueva vida en los cafés mexicanos, se reencarnaron, literalmente, en los cafés de chinos de la calle de Dolores y lugares aledaños. Dice Juan Rejano que los españoles llenaron los cafés mexicanos de ruido y humo.

Pero no solo los bares; lugares como el Mercado de San Juan, en pleno centro de la ciudad de México, se volvieron sucursales de cualquier mercado de allá. En calles como López, o en colonias como la Vicente Guerrero, la c y la z se pronunciaron como nunca. Y, aunque el tiempo sea implacable, se siguen pronunciando.

Para muchos, esa c y esa z, o esos acentos –catalán, asturiano, vasco, gallego–, eran los únicos rescoldos de esa patria que el fascismo les había arrebatado. Sin embargo, estos miles de refugiados, a partir del dolor de haber perdido la patria, o de solo tenerla en su palabra, en sus palabras, la reconstruyeron en el afecto de la tierra de acogida; en México, casi cinco siglos después de Cortés, un nuevo mestizaje se iba fraguando.

Y en ello andamos.

 

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