Responsabilidad personal

 Responsabilidad personal


Ha caído el estado de alarma y el sol ha vuelto a salir esta mañana por el mismo punto en el horizonte. Ni siquiera nos ha caído encima un pedazo de cohete chino, lo cual es muy de agradecer en estos tiempos que corren. Verán ustedes en televisión imágenes de fiestas, aglomeraciones y locuras varias, pero no se engañen: son la excepción. Miren alrededor. La mayoría de nosotros recuperamos las libertades desde la más serena cautela y responsabilidad, con gozo contenido, porque sabemos que al virus no lo hemos vencido todavía. Los únicos que lamentan no seguir viviendo en estado de excepción son esas plañideras que parecen sentirse incapaces de gobernar en libertad, sin “instrumentos” como los toques de queda y los perimetrajes, medidas más propias de gobiernos dictatoriales. No asumen que gobernar en democracia, algo bastante más arduo y laborioso que el añejo “¡quieto todo el mundo!”, implica gobernar a ciudadanos con criterio propio, plural, con capacidad de movimiento y decisión sobre el riesgo que asumen. Pero oigan, si no se sienten capaces de gobernar en estas condiciones, que hagan hueco y llamamos a Ayuso.

Seguramente estos primeros días sin estado de sitio sean más movidos, incluso algo caóticos, porque todos tenemos tareas pendientes retrasadas de acuerdo a nuestras necesidades particulares. Unos precisarán visitar por fin a familiares, otros volver a reunirse, a estar juntos sin pantalla de por medio. Otros necesitarán recuperar su trabajo, otros volver a su segunda vivienda y otros evadirse. Mi respeto a todos ellos. Cada uno conoce sus propios motivos. Y mi felicitación al conjunto de la sociedad, que vuelve a disfrutar del estatus de la edad adulta. Y precisamente porque estoy hablando de adultos lo hago con la tranquilidad de saber que saldrán de las restricciones mayoritariamente con la responsabilidad personal puesta, esa mascarilla voluntaria que nos lleva a no hacer salvajadas, no porque la ley las prohíba, sino sencillamente porque son salvajadas. Angela Merkel repite como un mantra que la libertad y la responsabilidad son las dos caras de una misma moneda y yo estoy de acuerdo en que no existe la una sin la otra y viceversa.

Las democracias se caracterizan precisamente por la responsabilidad personal de los ciudadanos y por su derecho a elegir. Ahora tenemos la oportunidad de elegir la salud, una oportunidad que desde el inicio de la pandemia se nos había negado, y no creo que vayamos a desaprovecharla. Tomaron la decisión por nosotros. La salud se nos impuso, una imposición que ha estado a su vez justificando decretazos y alteraciones constitucionales. Ahora cuidaremos nuestra salud por decisión propia. Dejamos de ser tratados como menores de edad y confío plenamente en que como tales nos comportaremos.

Siempre habrá algún cafre, inevitable. Siempre los hubo. Y lo que solemos hacer la mayoría prudente ante este otro imperativo categórico es apartarnos en lo posible y seguir nuestro camino. Contradigo a quienes aseguran que, una vez libres, actuaremos como irresponsables pollos sin cabeza. Aunque muchos de nosotros no hayamos leído a Kant y a Jonas, todos hemos sufrido en nuestra propia carne y a través ya de sucesivas crisis lo que es la Sociedad del Riesgo, tal y como nos la explicó Ulrich Beck, y podemos vivir con ella.

Las buenas decisiones ya no son obligatorias, las tomaremos por nosotros mismos si entendemos que la responsabilidad es el deber de hacerse cargo de las consecuencias, sobre uno mismo y sobre otros, de las acciones que uno decide emprender. Asumir responsabilidad personal supone asumir riesgos a la hora de tomar decisiones cuyas consecuencias, más o menos conocidas, compensan. Por eso os animo a vivir este día de empoderamiento ciudadano con mesura. Tenemos mucho que celebrar, pero todavía no podemos celebrarlo todo porque el virus sigue ahí. Daniel Innerarty, catedrático de Filosofía Política, ha escrito estos días que “cuanto peor sea tu valoración del adversario que te ha ganado más estúpida es tu derrota y cuanto peor sea tu valoración del adversario al que has ganado menos valor tiene tu victoria”. Él se refería a las elecciones de Madrid, pero yo prefiero aplicar esa reflexión al verdadero adversario de todos nosotros, que es el coronavirus, al que no hemos ganado aún, pero al que hemos aprendido ya a valorar con bastante precisión. Me sumo a esa máxima de André Comte-Sponville, que contempla “la libertad de elegir como el valor más elevado de la vida” y aplaudo este día en que volvemos a tener en nuestras manos la capacidad de gestionar una realidad endiabladamente compleja: una pandemia global que además de nuestra salud amenaza nuestra prosperidad en un contexto de impotencia de las autoridades políticas, falta de recursos de las autoridades sanitarias y falta de juicio de las autoridades económicas.



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