La esposa de Meléndez Valdés

 La esposa de Meléndez Valdés


Nace Juan Meléndez Valdés en Ribera del Fresno, provincia de Badajoz el 11 de marzo de 1754 y en 1772 comienza sus estudios en la Universidad salmantina. En 1782 y una vez licenciado, antes de doctorarse en Leyes, contrae matrimonio con María Andrea de Coca y Figueroa, hija del mayordomo de las fundaciones benéficas de la Catedral, José de Coca.

A propósito de este matrimonio, José Somoza, de la segunda generación del “Parnaso salmantino”, dice: “El día que Meléndez pidió consejo sobre su boda al festivo Iglesias, al enérgico Cienfuegos y a otros amigos suyos, no hubo de ellos quien lo aprobase, y cada cual hizo de la futura una descripción en diverso estilo y a cuál menos favorable. ¡Pero Meléndez les tapó la boca confesándoles que estaba ya casado en secreto!” (Lo había hecho el 22 de noviembre de 1782 ante un sacerdote en un acto íntimo, con dispensa por ser época de adviento y el 6 de febrero de 1783 el cura párroco de san Benito Félix Martín Básquez dio la bendición nupcial a los desposados).

Vivió los primeros tiempos de casado en la vivienda de su suegro en la calle de Sordolodo (hoy Meléndez), esquina a la de la Compañía, donde luce una lápida bajo su busto, costeados por doña Ramona Solís, en 1892. El mismo José Somoza en otra ocasión dice: “De lo que constituye la virtud de su sexo, nada había que tachar, pero ¡qué virtud, Dios mío! Altiva, intratable, hostil como algunas de las damas de Calderón o de Moreto, a cuya lectura ella era muy aficionada. Su talento e instrucción lo pervertía un juicio estrafalario y eran tan extremadas sus pasiones que transformaban en vicios varias de sus buenas prendas: por economía, ruin; por pundonor, ambiciosa; y por amor conyugal, intolerante y verdugo implacable del pobre hombre, y celosa de cuantos le estimaban, sin distinción de sexo… “Demonio encarnado”, la llamaba su padre. ¡Era un enlace bien extravagante el del dulce Meléndez con aquel energúmeno!”.

Todos los amigos de Meléndez coinciden en calificar a su esposa como una mujer egoísta y poco cariñosa, considerándola un obstáculo que le impidió desarrollar su verdadera personalidad. “En vano discurrían los amigos de hablar con Meléndez sin ser perturbados por este demonio de íncubo. En vano era elegir horas, en vano subir de puntillas la escalera de su estudio”.

Leandro Fernández de Moratín, dice de ella, cuando ya es viuda: “Doña María Andrea de Coca (la más sardesca, cavilosa, pesada, impertinente, maliciosa, insufrible y corrumpente vieja que he conocido jamás) se está en Barcelona [1808] comiéndole los hígados a un sobrino [Cristóbal Meléndez Valdés] que Dios le dio, cargada con los manuscritos de su marido con los cuales se propone ganar millones. Siempre amenaza con la emisión de su difunto; y como todo lo quiere imprimir, serán seis tomos de buen tamaño; pero no quiere soltar un cuarto sino hallar una persona caritativa que le anticipe los gastos y luego se los perdone, para gozar en paz el rédito inocente de la prometida colección. Toda su vejez y sus maulas no han sido bastantes para engañar a ningún catalán y ahora se propone llevar a Valencia su anatomía, y ver si allí encuentra lo que busca”.

De vuelta en Salamanca tras su jubilación como Fiscal reside en la Plaza Mayor, 36, (donde hoy la cafetería Altamira) en una vivienda propia de la Universidad donde pagaba la alta renta de 1.200 reales en 1805. A pesar de todo lo dicho no deja de ser cierto que este “demonio” fue quien con admirable abnegación le asistió en su enfermedad y quien le defendió en el destierro hasta fallecer en sus brazos.



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