Una ventana al mundo

 Una ventana al mundo


Mi padre me dio muchos y sabios consejos y entre ellos, el de aprender otras lenguas. Es más, él consideraba que para andar por el mundo tres cosas eran indispensables: escribir a máquina, tener carnet de conducir y hablar idiomas. Murió bastante antes de tiempo, pero aún pudo contemplar la llegada avasalladora de los ordenadores, así que cambió la primera condición por saber usar un ordenador, cosa que en aquellos años a él le parecía digna de mucho entrenamiento y a la que se dedicó, con el ahínco que le caracterizaba, en aquellas primitivas máquinas que no tenían ni disco duro.

Muchos años después de haberle hecho caso, constato la clarividencia de mi progenitor. Hablar idiomas no sólo me ha procurado el inmenso placer de aprenderlos sino, además, un trabajo más que decente en un entorno no por lejano de mi tierra, menos agradable. Si mi padre resucitara vería con orgullo como sus herederas le hemos hecho caso y como tantos y tantos padres se empeñan en que sus hijos hablen inglés como si lo hubieran oído desde el momento en el que asomaron la cabecita al mundo, cosa que no siempre es posible, salvo si te casas con un inglés y te empleas a fondo en ello, que el bilingüismo tampoco sale gratis. Nótese que mi padre decía “idiomas” porque en su tiempo, el inglés no era tan desesperadamente necesario y porque intuía que en esto de las lenguas se aplicaba la misma teoría que a los demás saberes: cuantas más, mejor.

Y así es, cuantas más lenguas hablamos más se abre nuestra mente al mundo y más tolerantes, reflexivos y empáticos nos volvemos, cualidades positivas todas, en mi humilde opinión. Aprender idiomas favorece las habilidades lectoescritoras, nos obliga a pensar dos veces lo que decimos y parece ser, según las últimas conclusiones de la ciencia, que es un seguro contra las demencias seniles y otro tipo de maldades que nos acechan a la vuelta de la esquina de los años. En una nota más personal, les diré que hablar idiomas (cinco en mi caso) me ha procurado no solo oportunidades laborales, sino también amigos entrañables, visitas a lugares espectaculares y, ahora que no se puede visitar nada y estamos lejos de todo, la facilidad de leer y ver películas y documentales en todos esos idiomas, lo que ha multiplicado por cinco las posibilidades de entretenimiento en este túnel pandémico del que no vemos el final.

El inglés nos ha arrollado a todos de tal manera que ya no es ni siquiera un idioma que aprender sino una condición para, como decía mi padre, andar por el mundo. Ahora bien, tampoco le cerremos las puertas de nuestros cerebros (y sobre todo de los de nuestra prole) a conocer otro u otros idiomas más; precisamente todos aquellos que los anglosajones, por su condición de potencia lingüística, no se molestan en aprender.

Me cuentan mis amigos más jóvenes con niños pequeños, que ahora aprenden chino en los colegios como una inversión de futuro y mal no les va a hacer, desde luego; pero que sepan ustedes que los chinos estudian inglés tanto o más que nosotros y, además español, que ellos consideran una lengua vital para sus futuros intereses comerciales. 585 millones de hablantes repartidos en 44 países, y la tercera lengua en Internet después del propio chino y el inglés, bien valen un esfuerzo de los voluntariosos orientales y de paso, bien valen también un empeño de todos nosotros para evitar que, a fuerza de tanto obsesionarnos con que la chiquillería hable inglés, se les acabe olvidando cómo expresarse con cierta corrección en el idioma propio, cosa que, les aseguro, también da oportunidades profesionales. ¿Es posible? Como dijo aquel (en inglés en el original) “yes we can”, o mejor: sí, se puede.

A mi padre le daré eternamente gracias por tantas cosas, pero sobre todo por haber sabido ver más allá de las cuatro calles en las que creció. Y por haberme transmitido el amor por la propia lengua y empujarme a estudiar las ajenas, que tan útiles me han resultado.



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