San Juan de Barbalos, humilde y erosionada belleza

 San Juan de Barbalos, humilde y erosionada belleza


Cuántas veces en nuestro paso presuroso dejamos a un lado las diminutas naves del pasado, el exquisito, humilde románico salmantino

Puerta de esta iglesia salmantina construida en 1150 por los Caballeros de la Orden Hospitalaria de San Juan Bautista

Al fotógrafo de la luz le puede la emoción de retratar su parroquia, recorrer y acariciar con el objetivo los sillares erosionados del románico sobrio, bellísimo de esta pequeña joya alrededor de la que nos sentamos, terraza nocturna, a disfrutar de la Salamanca social y compartida. Y es José Amador Martín, poeta de la cámara, devoto de la liturgia de la belleza, quien recorre conmovido por los recuerdos familiares la fragilidad erosionada de la arenisca y levanta, con la unción de los fieles, las columnas del ábside roídas por el tiempo y la intemperie, en un ejercicio de oración que tiene mucho de fervor y de reconocimiento.

Cuántas veces en nuestro paso presuroso dejamos a un lado las diminutas naves del pasado, el exquisito, humilde románico salmantino. San Juan y sus sillares acariciados por la luz, piedra dorada, una iglesita construida en 1150 por los Caballeros de la Orden Hospitalaria de San Juan Bautista, y es el eco perdido de Jerusalén, la fundación casi legendaria, la que mantiene en pie esta joya en parte sustraída a nuestros ojos por estar oculta su puerta de entrada y apartado su ábside. Qué profunda belleza soterrada en esas ventanas saeteras abocinadas que guardan el secreto del arco doblado de medio punto, tan exquisito como el acanto espinoso que decora sus capiteles. Ni siquiera la erosión de la arenisca puede con la belleza sencilla, contundente, de un románico que siempre sorprende, sobrio y sometido al ejercicio demoledor de la intemperie…. Plena de detalles está esta iglesia pequeña en la que apenas reparamos, sentados en las legendarias terrazas de los locales salmantinos de tantos años, tantas cañas, tantos platos de patatas bravas al abrigo de la gente que abarrota bar y plaza ¿Cómo no recorrer las figuras grotescas que se mantienen en lo alto, mirándonos con sorna mientras permanecemos sentados, ajenos a su burla de piedra? ¿Cómo no reparar en el insigne decorado, muro privilegiado de nuestras conversaciones?

Animales, músicos, figuras desgastadas por el paso del tiempo contemplan desde arriba el devenir de una ciudad que de tanto en tanto limpia la piedra, restaura lo roto y pone en lo alto del tejado la virgencita pequeña que soporta todas las lluvias ¿Cómo no rescatarla de su altura, de su desgaste, de su olvidada belleza en la que nadie repara? Tenemos la mirada hacia los pasos presurosos, baja y contrita, sin embargo, nada más hermoso que comprobar cómo las palomas aman el calor de esta piedra dorada por el sol, se resguardan en sus oquedades hospitalarias, en sus jardines de acanto aún en la sazón de su jardín de piedra. Tienen las columnas olvidadas una glácil cualidad hacia lo alto, se elevan con la belleza fervorosa del constructor medieval de obra prima que sabía hacer encajes con el cincel de su bordado. De ahí que la entrada de la iglesia diminuta sea puntilla delicada frente al sillar donde alguien arañó el recuerdo del predicador tronante…

Porque esta pequeña nave románica también tiene sus historias de clamor y de ecos infernales. Cuentan que era tal el poder persuasivo de San Vicente Ferrer, que los judíos más o menos conversos, salían en tropel de sus prédicas a bautizarse y a cambiar de vida si ya lo estaban, empujados por el solo vendaval de su palabra. Y la piedra, escoriada de sobrecogido temblor por el miedo al averno, guarda el recuerdo de su paso por ella, la iglesita que también tuvo, arrimada a su pared, la beata deseosa de vivir su libertad entre los muros acariciadores. Eran las “emparedadas” las mujeres que elegían la más estrecha de las celdas, casi una tumba pegada al muro consolador de la iglesia románica, para pasar su vida de oración y de recogimiento ¿Quiénes eran estas ocultas habitantes de la ura secreta, de la madriguera donde ocultarse del mundo con el prestigio de la santidad y la ocultación de todas las miradas?

A las emparedadas de San Juan de Barbalos les movía el deseo de huir de un mundo cruel para esa mujer que elegía “El voto de tinieblas” para pasar la vida al abrigo de la clausura más extrema. Cuatro paredes y un ventanuco por el que se le hace llegar la poca comida de sus días y noches de oración y contemplación mística. Es la hipérbole de la clausura, concebida en ocasiones como una elección, sufrida otras como un castigo. A la mujer encerrada obligatoriamente, era una muerte en vida la que le esperaba al abrigo de los muros de las iglesias; a la devota que hasta un betaterío le parecía amable, las cuatro paredes le sirven de amoroso refugio ¿Qué queda de aquella costumbre iniciada en la Edad Media y que acabó en el siglo de las Luces? Los muros que recuerdan la crueldad de la piedad, el martirio en vida. Restos que apenas son muescas en los sillares silenciosos de una iglesia que se cierra como un capullo ante nuestro desconocimiento. Son los secretos de la piedra, la virtud de la nave románica, pequeña, amable, recogida en sí misma, atenta al rumor de la oración, al pábilo de la llama de la luz de la fe sin estridencias. Y fotografía Amador su parroquia chiquita, liberada de leyendas, pura y sencilla como la fe de los niños, luz de toda luz, belleza.

José Amador Martín y Charo Alonso



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