Obsesión por cambiar la historia reciente

 Obsesión por cambiar la historia reciente


Ante la proximidad del 14 de abril, día del aniversario de la II República Española, bueno es recordar, con objetividad, la historia reciente de nuestra patria. Sabido es que a finales de la segunda década del pasado siglo, la inmensa mayoría de los intelectuales: filósofos, políticos y literatos, tanto de la generación del 98 como de la del 14 y la del 27, reivindicaban un cambio de régimen político que sustituyera a la anacrónica monarquía borbónica en la que poderes fácticos y grandes hacendados, repletos de privilegios, tenían sometidos a la inmensa mayoría de la población española, que tenía la consideración de súbditos (no de ciudadanos) carentes de dignidad y de derechos, en un sociedad, además, eminentemente rural en la que la tierra estaba en poder de pocas manos (terratenientes) mientras el campesinado trabajaba de sol a sol en un régimen laboral de explotación y desamparo permanente. Lo mismo ocurría en la fábrica o en la mina: los privilegios eran para el patrón y los salarios de miseria y el tormento para los obreros.

 

Si a esto le unimos la ignorancia en la que vivía la población española (y que interesaba a caciques, aristócratas, burgueses y a poderes fácticos como la Iglesia Católica, aliada incondicionalmente con el poder), no es extraño que la imagen que algunos dieron de los españoles, como Napoleón, “una chusma de aldeanos guiados por una chusma de curas” o la que sentía Azaña de España, en 1911, “una sociedad atrasada, analfabeta, dormida, sentada a la vera de los caminos de la historia” fuera la identificación real y objetiva de lo que éramos, que no era otra cosa que lo que “el poder” quería que fuéramos. Lógicamente a un pueblo dormido e inculto se le engaña y se le manipula mejor.

 

En este contexto, la proclamación de la II República supuso una bocanada de aire fresco para las masas populares, siempre sometidas al yugo del poder y el advenimiento de un Estado Democrático que se consolidó con las primeras elecciones a Cortes en junio de 1931, ganadas por la coalición de izquierdas republicano socialista que gobernó durante el siguiente bienio y la aprobación de la Constitución Republicana, en diciembre de ese mismo año, constituyó el inicio de un periodo en el que se proclamaron los ideales de libertad, igualdad, justicia y solidaridad, se inicio una reforma agraria a favor de los jornaleros sin tierra, se construyeron decenas de miles de escuelas hasta en los pueblos más lejanos y deprimidos, instaurándose la educación universal, pública y gratuita para todos los niños, con independencia de su condición social y económica y con la finalidad de sacar a España de la ignorancia, se trabajó por la mejora de las condiciones laborales de todos los trabajadores, por la reducción de los privilegios de las clases dominantes y por una adecuada distribución de la renta y la riqueza que mejorase el equilibrio económico de todos los españoles.

 

¿Cometió errores el primer gobierno de la Segunda República? Por supuesto; aunque considero que el principal y más craso error fue creer que podría cambiar la vieja España, la tradicional, la que Ortega definía como “muerta, hueca y carcomida” por la que también definía Ortega como la nueva España, la joven “la afanosa, la que tiende hacia la vida” en un abrir y cerrar de ojos. No se percataron aquéllos gobernantes que esa España casposa, la Machadiana de “charanga y pandereta,/cerrado y sacristía,/devota de Frascuelo y de María”, tenía los anclajes de sus privilegios muy sólidos y los poseedores de los mismos no estaban dispuestos a perderlos. El gobierno contaba con la Constitución y la democracia, pero aquéllos con las armas y estaban dispuestos a utilizarlas, como por desgracia ocurrió en 1936, para defender sus prerrogativas ancestrales y someter al pueblo por la fuerza.

 

La coalición de gobierno de derechas radical cedista que surgió de las elecciones de noviembre de 1933, inició reformas para restringir los derechos de los trabajadores y reprimir duramente las autonomías regionales constituidas, como la catalana. Gil Robles, dirigente de la CEDA proclamaba que había que “aniquilar la rebelión separatista de los catalanes y los nacionalistas vascos”. Esta regresión social y política levantó a los mineros de Asturias y la UGT  convocó huelgas generales pacíficas. La respuesta del gobierno fue desproporcionada, que declaró el estado de guerra y el ejército dirigido por Franco  (jefe del Estado Mayor), carente de escrúpulos humanitarios, aplastó a los mineros con artillería pesada y aviación, utilizando todo tipo de atrocidades, incluidas violaciones de mujeres y torturas de prisioneros, como afirma Paul Preston en “Un pueblo traicionado”.

 

Lo que ocurrió después, es más conocido, victoria electoral de la coalición de izquierdas del Frente Popular en febrero de 1936 y tan sólo unos meses después golpe de estado de Sanjurjo, Mola y Franco, apoyado por los poderes fácticos, los terratenientes y los caciques, Guerra Civil, en la que se cometieron horrores y barbaridades por ambos bandos, todo hay que decirlo (fusilamientos de Badajoz, bombardeo de Guernica, Desbandá, por el bando fascista o matanza de Paracuellos, por el bando republicano) y dictadura franquista, donde y ya en tiempos supuestamente de paz se encarcelaron, torturaron y fusilaron a miles de republicanos, amén de los cientos de miles que tuvieron que exiliarse durante más de cuatro décadas por pensar de otra manera a la oficial del Régiimen.

 

Esta es la historia oficial, la que debe objetivamente aparecer en los libros de texto para los estudiantes y de conocimiento para la sociedad en general. Ahora bien, la derecha política y sociológica lleva más de dos décadas (sobre todo en Madrid), dedicándose a revisar la historia, a cambiarla, a considerar a las fuerzas de izquierdas -que lucharon por la democracia, la libertad, la justicia, la igualdad y la tolerancia- como criminales más abyectos que Franco, Yagüe o Queipo de Llano. Incluso sus dirigentes políticos encabezados por Esperanza Aguirre han financiado emisoras de radio, cadenas de televisión y plataformas de internet para manipular la información y transmitir a los ciudadanos que la izquierda socialista y comunista española cometió los crímenes más horrendos durante la República y la Guerra Civil y la equipara con los horrores, claro que sí, horrores repugnantes, cometidos por el régimen estalinista soviético durante muchos años y conocidos mucho tiempo después. Los partidos socialista y comunista españoles gobernaron muy poco tiempo, el primero durante el primer bienio de la Segunda Republica y el segundo, junto con el primero, los meses previos a la Guerra Civil y defendiendo la democracia y el orden constitucional, en la contienda fratricida. Durante la dictadura estas fuerzas políticas –como todas las que no formaban parte de los principios del movimiento nacional franquista- tuvieron que soportar un duro exilio, trabajando después por la restauración del régimen democrático durante la transición y en el que contribuyeron más que los fundadores de la actual derecha política, algunos de los cuales no apoyaron la Constitución del 78 aunque ahora se definan como los más fervientes defensores de la Carta Magna.

 

Por todas estas reflexiones, considero que el lema utilizado por la derecha política de Madrid para las elecciones del 4 de mayo “comunismo o libertad” es engañoso y tendencioso, puesto que el socialismo y el comunismo en España han luchado más por la libertad y la democracia que la ideología que defiende la derecha y la ultraderecha. ¿Pretenden Ayuso y Monasterio volver a aquélla España más propia de la Inquisición y del Medievo que de una sociedad libre, pluralista y democrática que defiende los derechos de todo ser humano por el mero hecho de serlo?

 

 



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