Los extremos se tocan

 Los extremos se tocan


Por fin estos días en la histérica y crispada campaña electoral de las elecciones madrileñas hemos podido comprobar, por más que eso no sólo incomode a unos y otros sino que incluso los enfurezca sobremanera, cómo la extrema derecha y la extrema izquierda definitivamente se encuentran y confluyen en un mismo denominador común, cómo aunque les aterre se miran al espejo y el espejo les devuelve a ambos la misma imagen de la más absoluta intolerancia y del ejercicio del odio más profundo hacia aquellos que no comulgan con sus supremos ideales.

La intolerancia de los intolerantes, la peor que puede caber en un país supuestamente democrático, en cuyo sistema se integran por más que su alma antidemocrática les pida otra cosa. La intolerancia de aquello que niega las normas más básicas de la convivencia y la democracia, la que no se atreve a condenar la amenaza del terrorismo, la que no tiene reparos en colocar matices y sonrisas ante la cruda amenaza de las balas y el ejercicio de la violencia.

Las mismas náuseas provoca la sonrisa aterradora de la candidata de Vox a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, cuando le piden que condene sin matices el envío de balas y amenazas de muerte al ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska, a la directora de la Guardia Civil y a Pablo Iglesias, que cuando este último sonreía, también aterradoramente, en aquellas giras por las herriko tabernas del País Vasco justificando políticamente y ensalzando la labor de la organización terrorista ETA que durante tantos años ejerció en nuestro país el imperio del terror, ya no sólo enviando cartas con amenazas de muerte a tantos políticos, empresarios o periodistas sino directamente ejecutando esas amenazas y asesinando a sangre fría a todos aquellos que les parecía que pudieran alejarles de su soñado paraíso.

El mismo cordón sanitario merece interponerse ante quien no condena estas terroríficas cartas enviadas en 2021, que ante aquellos otros partidos equidistantes de los primeros, caso de Bildu, que todavía hoy en 2021 siguen sin condenar los atentados que durante tantos años sembraron el dolor y la muerte en un país que simplemente trataba de salir adelante después de una dictadura, colocando las urnas para que cada español libremente votara lo que mejor le parecía.



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