Heridas abiertas

 Heridas abiertas


La Covid ha puesto todo patas arriba, ha abierto a la sociedad en canal y ha dejado heridas difíciles de sanar. Difíciles, cuando no imposibles de sanar, son las heridas dejadas en familiares y amigos por tantos fallecidos de forma inesperada e incruenta.

Basta con echar un vistazo atrás y enseguida nos daremos cuenta de la panorámica desoladora que ha dejado tras de sí el primer año de pandemia. Las escalofriantes cifras a escala mundial de 121.000.000 de infectados, 2.680.740 fallecidos y 68.000.000 de curados, muchos de ellos con importantes secuelas.

Difíciles, cuando no imposibles de sanar, son las heridas que produce el duelo por aquel ser querido que se fue sin poder acompañarle en sus últimos y difíciles momentos.

Difíciles, cuando no imposible de sanar, son las heridas producidas por la soledad impuesta por la pandemia, tanto para el afectado como para sus familiares y amigos. Quizás sea esta, la de la soledad, la herida abierta más extendida.

Todas ellas heridas casi imposibles de sanar en relación con quienes se llevó la pandemia y que lamentablemente se seguirá llevando. Pero el ancho mar de las heridas abiertas producidas por el coronavirus se extiende a los supervivientes, con secuelas más o menos importantes y a los familiares que les acompañan. Para todos, heridas abiertas dolorosas, pendientes de cicatrizar.      

Basta con echar un vistazo al gimnasio de un centro de rehabilitación, para ver las secuelas de una parte importante de los supervivientes que fueron afectados por la Covid. La pandemia ha dejado una amalgama de secuelas variopintas y de distinta intensidad, heridas abiertas, que comprometen y condicionan la vida diaria de muchos pacientes y sus convivientes: debilidad muscular, dificultades para respirar (disnea), dolores articulares que persisten un año después. Falta personal sanitario especializado y recursos de rehabilitación para la brutal demanda en aumento de estos servicios.

La dichosa enfermedad provocada por el virus no se acaba con su curación. El Observatorio Europeo de Sistemas y Políticas de Salud de la OMS (Organización Mundial de la Salud) estima que, una cuarta parte de los infectados por el virus, continúa con síntomas hasta un mes después de haber sido diagnosticado y un 10% continúa afectado 12 semanas más tarde.

Heridas abiertas o secuelas que no tienen un patrón de comportamiento, si bien, hay una relación directa con la intensidad o gravedad de la enfermedad sufrida, siendo aquellos pacientes que hubieron de pasar por cuidados intensivos del hospital, con ventilación mecánica prolongada, los más afectados, por patologías neurológicas, respiratorias o de otra índole. Heridas o secuelas del llamado covid persistente que, según un estudio, el cual ha analizado 15 investigaciones publicadas, el 80% de las personas que han pasado la Covid sufren secuelas tales como: fatiga, el 58%; cefalea, el 44%; trastornos de atención, el 27%; disnea, el 25%.

Heridas abiertas y secuelas en los procesos mentales. La influencia psicológica de la enfermedad por Covid también satura al paciente. Un estudio publicado en The Lancet Psychiatric pone de manifiesto que, en los tres primeros meses tras dar positivo, alrededor del 20% de los pacientes ha sufrido ansiedad, depresión o insomnio.

Además de las citadas y otras secuelas del covid persistente, relacionadas con la salud mental y física, la pandemia nos ha dejado en su primer año la herida abierta de 401.000 parados más y 743.000 trabajadores en ERTE, en el caso de España.

Saldremos adelante, nos repetimos una y otra vez. Mas, ante tal cúmulo de heridas abiertas, hay que ser un poco soñador cuando hablamos y pedimos los consensos necesarios a los políticos, para luchar contra la pandemia. También hay que ser conscientes de que la política es la gestión del disenso y que el consenso se alcanza, o no, al final del recorrido, solo en algunas cosas, aquellas que se dan en el territorio del sentido común. ¿Puede haber algo de mayor sentido común que facilitar la sanación de las heridas abiertas?

A nuestros políticos les pedimos responsabilidad. No es de recibo la disparidad de informaciones y decisiones, que se vienen dando en los últimos días en torno a la única esperanza que tenemos ante el virus, las vacunas. Con las decisiones unipersonales que toman algunos políticos, usurpándolas a los entes colegiados correspondiente, confunden a la población, generan riesgo de alarma social y rompen la cadena de confianza que es lo peor que puede pasar en una crisis. La sociedad necesita serenidad, templanza, juego limpio. Sus señorías deberían dársela.

Escuchemos Hey Jude con The Beatles  



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