Entrevista a Cláudio Cláudio Aguiar sobre ‘Prontuario de Infinito’


Cláudio Aguiar en el Centro de Esdios Brasileños de la Universidad de Salamanca, con una bandera brasileña pintada por Miguel Elías sobre páginas de una novela suya (foto de Jacqueline Alencar)

 

Dejo conocer esta entrevista que el periodista vallisoletano Mauricio Cifuentes hizo hace algunos días al escritor Cláudio Aguiar, en torno a un poemario mío que trasvasó a la lengua de Joaquim Machado de Assís, Rachel de Queiroz, Joao Guimaraes Rosa, Clarise Lispector, Carlos Drumond de Andrade, Manuel Bandeira o José de Alencar, por citar algunos escritores brasileños imprescindibles.

 

La entrevista también aborda otras facetas de la crwación del propio Aguiar, así como de sus proyectos de próxima concreción.

 

 

Cláudio Aguiar: “Alencart ha indagado

en el territorio del misterio y en la ejemplar

 fuerza del Cristo que nos ilumina”

 

MAURICIO CIFUENTES

 

Entrevista al escritor brasileño, quien acaba de traducir y publicar el poemario ‘Prontuario de Infinito’, del profesor salmantino y colaborador de Salamanca al Día

 

Satisface entrevistar a un destacado escritor brasileño con indelebles vínculos con la ciudad de Salamanca y en cuya ocho veces centenaria universidad se doctoró a mediados de los años ochenta. Cláudio Aguiar (Ceará, 1944), autor de una veintena de obras que van desde la narrativa a la poesía, pasando por el ensayo y el teatro, ha obtenido importantes premios literarios en su país, como el Nacional José Olympio de Novela (1981), el Premio Nacional de Literatura MEC/INL (1982) o el Premio Osman Lins de Novela (1989), entre otros.

 

Y satisface realizar esta entrevista en días de la Semana Santa, pues la obra de Alfredo Pérez Alencart, traducida por Aguiar, es un magno homenaje al Cristo de los Evangelios.

 

Cláudio Aguiar, José Alfredo Pérez Alencar y Alfredo Pérez Alencar, en OLinda (1996. Foto de Jacqueline Alencar)

 

– Sabemos de su amistad con el reconocido poeta peruano-salmantino Alfredo Pérez Alencart y que la misma viene desde mediados de los años ochenta, cuando se conocieron en Salamanca. ¿Ello ha influido a que se decidiera a traducir dos obras del profesor del Estudio salmantino?

 

-No. De ninguna forma. La amistad siempre constituyó un fuerte elemento para acercar a las personas, especialmente cuando se trata de escritores o artistas. No obstante, la amistad no siempre debe significar un punto de partida para manifestaciones o apreciaciones de naturaleza estética. Sin duda, lo que debe presidir actos de esta naturaleza, como es el caso de la traducción voluntaria, sin otros intereses o ventajes materiales, es el reconocimiento del valor estético del autor vivo o muerto, lo que me llevó a traducir hasta ahora dos obras poéticas de Alfredo Pérez Alencart, principalmente volcadas hacia indagaciones y respuestas en torno a los temas abordados: la fe. Alencart se ha posicionado en el abordaje de aspectos profundos y difíciles de la condición humana, llegando a indagar sobre el territorio del misterio, tanto en el ámbito del propio signo contenido por la ejemplar fuerza del Cristo que nos ilumina, como en la dimensión de lo infinito, entendido como un desván que nos impulsa a meditar sobre su vastedad y no necesariamente por la posibilidad de comprenderlo. Ese complejo problema religioso me llamó la atención como lector. Entonces, decidí traducir su poesía al portugués, para que así otros brasileños también puedan meditar sobre esas reflexiones tan sensibles y actuales.

 

– Hablando de “Prontuario de Infinito’, el libro que recientemente usted ha traducido al portugués, ¿cuál su valoración del contenido y cuál el grado de dificultad a la hora de traducirlo a su idioma?

 

-En principio debo decir que las dificultades son enormes. La traducción de poesía, más aún que prosa, no se reduce a la mera transcripción literal de términos siguiendo las reglas gramaticales adecuadas. Tampoco se trata de un esfuerzo que se aleje del soplo creador original del poeta y termine, en algunos casos, descolorir o empalidecer los recursos utilizados por el autor, especialmente en lo que respecta a las imágenes y signos recurrentes en la hechura primigenia, que solo el poeta tiene la primacía de ejercitarlos y fijarlos en el temple de sus versos, usando su expresividad innata y peculiar. Solo él puede sentir ese brote inaugural y tejer un mundo que es solo suyo. El traductor, mediante el dominio de la lengua de llegada debe aproximarse a esa estructura. No obstante, estoy convencido de que su versión, por más perfecta e impecable que pueda parecer, jamás tendrá la condición de alcanzar los logros inaugurales del poeta. El mayor cuidado, en verdad, reside exactamente en la parte que usted indaga sobre la valoración del contenido de la obra. Esa cuestión, sin duda, existe. Por ello, en el caso del traductor su interferencia no va más allá de las asimilaciones inherentes, por ejemplo, a cualquier lector atento que tenga la obra en sus manos. En mi caso personal como traductor, como ya ocurrió con otras obras por mí traducidas, sé perfectamente los límites y los permisos lógicos que pueden ser intentados. Ya viví eso, por ejemplo, en los casos de mis traducciones de Shakespeare, Maeterlinck y Unamuno. Finalmente, como señaló acertadamente el crítico Dámaso Alonso, “el poema es un nexo entre dos misterios: el del poeta y del lector”. Entonces, en el caso de la valoración de la obra Prontuario de Infinito, de hecho, todo lo que dijera sobre este libro será opinión y no de traductor propiamente dicho. En la respuesta anterior me referí a la dimensión de lo infinito como si fuera un profundo desván que nos invita a meditar sobre la sensación de enormidad que nos parece ahogar o dejar sin aliento, un inmenso esfuerzo intelectual empleado para intentar descifrarlo. Ese cuestionamiento religió siempre me llamó la atención como cristiano y la obra de Alfredo Pérez Alencart sugiere las marcas para que el lector se acerque a ese misterio y viva la posibilidad de indagar. Además, la filósofa española María Zambrano reflexionó de forma profunda y también indagó sobre las fronteras de esa cuestión en ¿Filosofía y Poesía’, incluso colocándola como un elemento intrínseco a la propia condición del poeta que desea bajar (¿o subir?) por los más escarpados escalones en busca del espectro de lo Divino. La filósofa española también amplió sus reflexiones de forma extraordinaria en su ensayo El Hombre y lo Divino. Fue Zambrano quien apagó de mi retina aquella imagen agustiniana de que “la poesía es el vino del diablo”. Alfredo Perez Alencart viene a demostrar, con sus indagaciones y afirmaciones rotundas y elevadas, que la Poesía todavía es uno de los más eficaces instrumentos para descifrar laberintos y caminos aparentemente sin ida ni retorno.

 

Alfredo Pérez Alencart con la edición brasileña de ‘Prontuario de Infinito’ (foto de José Iuris)

 

– La editorial Galo Branco, de Río de Janeiro, publicó en 2011 la traducción que usted hizo del esencial poemario ‘Cristo del Alma’, de Pérez Alencart. ¿Qué semejanzas y qué diferencias encuentra entre los dos libros?

 

-En verdad existen semejanzas y diferencias fundamentales. La propia dimensión del alma y del infinito, por sí solo, ya sería suficiente para cifra las líneas diferenciales entre los términos constitutivos de la materia poética elegida por Alencart en los dos libros mencionados. El alma, entendida en su carga individual como algo inherente a la condición individual del ser humano, solamente alcanza el sentido metafórico con significado totalizante cuando hablamos, por ejemplo, del “alma del mundo”. Aquí, por lo tanto, no es el caso. Por otro lado, bien distinta es la noción que se conoce de lo que sea infinito. No basta decir que significa algo que no tiene límites o fin. En la perspectiva del poeta Pérez Alencart el infinito está asociado a Dios, ósea a la dimensión divina de aquello que se inserta en lo ilimitado de las cosas, por ser, en definitiva, incontables. Desde mi punto de vista, la semejanza entre Cristo del Alma y Prontuario de Infinito se presenta en el enfoque religioso que nutre la temática.

 

– ¿Estima que la poesía con mirada hacia lo divino o hacia lo trascendente está peor considerada que otras de temática más terrenal o, por el contrario, considera que lo espiritual está enraizado al ser humano y necesita de esas fuentes?

 

-Creo que sí. Principalmente en las últimas décadas, donde vemos, por un lado, prosperar con mucho énfasis o apego excesivo a ciertos aspectos materiales de la vida y, por otro, casi un desdén por los estigmas y misterios que nortean la dimensión de lo Divino. No me refiero aquí, exclusivamente a posturas políticas o ideológicas, sino a factores negativos y lamentables que afectan a la fe o la creencia de las personas en las más diferentes regiones del planeta. Es frecuente ver insistir en la exploración de la fe con objetivos oscuros e injustificables, especialmente por grupos que se arman de una retórica aparentemente religiosa o salvacionista, pero que en realidad están mirando otros blancos. Las dimensiones terrenal y espiritual, a mi modo de ver, son manifestaciones necesarias para todos los seres humanos. No veo motivo para defenderse el énfasis en uno u otro aspecto. Ni tampoco insistir en descalificaciones de éste o aquel comportamiento. Las categorías de la vida terrenal, de la tierra a tierra, del día a día, en cuanto experimentadas por los seres vivos, en rigor, deben fluir en todas las dimensiones con libertad de acción y de respeto entre ellas, inclusive a los límites de trayectorias que conduzcan a lo opuesto del camino que se pretende, o bien los elimine. Lo espiritual, esa sed o necesidad imperiosa de buscar explicación para el misterio, es algo innato del ser humano. Las creencias generan comportamientos y elecciones, a veces exigiendo rendiciones absolutas, pero yo no estimo que se deba condicionar esas tendencias religiosas a crisoles o a caminos exclusivos. Todos deben tener el derecho de escoger lo que mejor le convenga.

 

– Es interesante comprobar cómo un escritor de prestigio como usted, premiado por varias de sus novelas, obras de teatro y relatos, se vuelca en traducir la poesía de Pérez Alencart. ¿Tiene escrita y publicada poesía suya? Se lo pregunto porque muchos narradores de prestigio suelen comentar que a ellos les hubiera gustado ser poetas, tal y como quería ser reconocido el propio Miguel de Cervantes.

 

-Ya me he enfrentado con algunas consideraciones de personas que encuentran necesaria la elección de un único género para el escritor o artista se exprese. Para ellas el novelista no puede ser dramaturgo, ensayista o poeta. Y viceversa. Antes de pensar que esa exclusividad podría alinearse a una efectiva elevación de factura estética y ser capaz de iluminar la obra, dándole un reconocimiento indiscutible, soy de la opinión que, igualmente, es frecuente encontrar escritores o artistas dotados de capacidades múltiples. Sé que, así como existen los que tienen múltiples facetas, también existen los singulares, es decir, aquellas personas que se revelan incapaces de expresar la síntesis del verso, la levedad del trazo y del color, la escena esencial puesta en el balcón de la vida, la nota musical en el pentagrama, etc. Desde joven descubrí que en mí existe el don para usar la palabra escrita para contar historias, reflexionar e intentar cultivas la poesía en el verso o el reducido balcón de la vida escénica. Entonces, para contar historias elegí las narrativas y el teatro; para reflexionar escogí el ensayo; y, llevado por la fuerza de la experiencia sensible, la poesía. Por ello suelo dar la razón a quienes afirman que el dramaturgo es un poeta. Como autor teatral tengo varias piezas formalmente expresadas en verso, incluso la más reciente, La Última Noche de Kafka, un monólogo con cerca de ochocientos versos, en los cuales narro los últimos momentos de la tortuosa vida del autor de El proceso. Más allá del teatro poético, recientemente publiqué el libro de poesía Baile de Luz y, em breve, aparecerá Oráculos para un mundo invisible. La poesía, además, parece ser algo que fluye de forma incontrolable, como si fuera una fuerza innata que se manifiesta no de manera cerebral, pero si a partir del corazón que late. Considero que fue por eso que el poeta francés André Chernier, a propósito de esa incontrolable energía, dijo que “el arte hace los versos, pero solo el corazón es poeta”.

 

Pilar Fernández Labrador y Cláudio Aguiar, en la Sala de la Palabra del Teatro Liceo (foto de Jacqueline Alencar)

 

-Salamanca es una parte de su historia personal. ¿Qué recuerdos permanentes le sugiere este alto soto de torres, como decía su admirado Unamuno?

 

-Soy una persona que ha experimentado vivencias en varias ciudades. Desde la villa cearense Várzea Formosa, enclavada en lo alto de Serra da Ibiapaba (Ceará), donde vine al mundo (nombre que, inexplicablemente cambiaron por el de Poronga, que en lengua indígena quiere decir “pájaro hermoso”, pasando por Fortaleza, capital del estado de Ceará; Recife; Olinda, ciudad colonial empedrada y considerada Patrimonio Cultural de la Humanidad, y, también, la emblemática ciudad de Río de Janeiro. A ese elenco no podría faltar Salamanca, donde llegué a principios de los años ochenta, para, juntamente con mi mujer, Célia Salsa, y nuestra hija Madalena, cumplir las obligaciones académicas en la vetusta Universidad de Salamanca. En verdad fue una especie de deslumbramiento. La monumentalidad de la ciudad, su historia milenaria, los escritores, los poetas, los artistas, la cocina especial, la convivencia académica, el aire de la juventud palpitando en sus calles y plazas, fueron acontecimientos inolvidables. Esa experiencia traspasó todas las expectativas normales y nos alcanzó profundamente, especialmente en las relaciones de amistad con personal de la Universidad y de la ciudad. Vínculos profundos se establecieron y persisten a lo largo de los años como, por ejemplo, la fuerte y sincera amistad que nos une a Alfredo Pérez Alencart y a su familia que, también, vi crecer y formarse. Salamanca pasó a ser, desde entonces, una de aquellas casas donde, como dije en uno de los poemas publicados en Baile de Luz, jamás podrá ser olvidada de nuestro pensamiento: “Es mi destino:/ de allá no salí/ el día que partí;/ fue allá donde quedé”.

 

-Finalmente, coméntenos cuál o cuáles son los proyectos en los que está trabajando ahora.

 

A pesar de la crisis sanitaria que todavía asola al mundo, en este momento estoy escribiendo una nueva novela y trabajando en la construcción de un espacio cultural en la ciudad de Olinda. Vivimos entre Olinda y Río de Janeiro. Nuestra casa olindense, una amplia casa colonial levantada hace más de cuatro siglos, está situada en la parte histórica, en lo alto de la colina de São Bento y se presta para instalar una institución destinada a compartir con jóvenes estudiantes y otras personas interesadas en actividades culturales; o también para prácticas inherentes a la lectura y la creación literaria y dramática. Queremos hacer que parte de nuestro esfuerzo como escritor estimule a jóvenes de la comunidad para que así vivan la experiencia de entrar en contacto con la literatura y la cultural en general.

 

 



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